Después de pasar un mes explorando cada rincón de las Islas Lofoten, hemos seleccionado las paradas más imprescindibles y organizado una ruta de 7 días para que no te pierdas nada esencial. Esta guía día a día está pensada para que disfrutes de paisajes, fiordos y aventuras sin estrés, con consejos prácticos para moverte en furgoneta y aprovechar al máximo cada jornada. Todo planificado para que tu roadtrip en furgoneta sea tan épico como cómodo… y sobre todo, para que vuelvas con mil historias que contar.
Día 1. De Bodø a Værøy y Moskenes: Un comienzo épico
Empieza la aventura. Y lo hace cómo empiezan las cosas importantes: con un madrugón y muchas ganas.
A las 5:30 h, zarpamos desde Bodø rumbo a Værøy, una de esas islas que no están de paso: están para quedarse un rato largo, aunque solo tengas unas horas.Llegar aquí ya es parte del viaje: mar en calma, niebla baja y una sensación de que el reloj empieza a moverse más lento.
Y un detalle muy importante: si haces la ruta Bodø → Værøy → Moskenes el ferry es gratis. Sí, también para furgos.
En cuanto ponemos un pie en tierra, nos vamos directas al mirador de Håen, una caminata corta pero con carácter.
El primer kilómetro se empina, pero después la cosa se relaja y el paisaje se encarga del resto. Son unos 6 km ida y vuelta, y el mirador al final de la ruta te deja en silencio, incluso si venías hablando sin parar.
Hay un pequeño parking gratuito justo al inicio del camino. No se puede pernoctar, pero para dejar la furgo durante la ruta va perfecto.
Después de la caminata, toca bajar el ritmo. Nos movemos hasta el área de Nordlangshagen, donde se puede aparcar gratis durante el día y respirar un poco.
Desde ahí, en solo 10 minutos andando, aparece una playa de arena blanca y agua transparente que no necesita filtros. Ideal para comer algo, tumbarse o darse un baño si no te asusta el agua del ártico.
Con la tarde estirándose, regresamos al puerto para coger el último ferry hacia Moskenes, que suele salir sobre las 22:45h.
Al llegar, hay un parking gratuito a solo 5 minutos del muelle, perfecto para pasar la noche y despertarse ya en ruta para el día siguiente.
Día 2. Escalones, postales y casas amarillas
Hoy toca sudar un poco. Y flipar mucho.
Salimos temprano rumbo a Reine, probablemente el pueblo más famoso de las Lofoten. No es casualidad: está metido entre montañas, fiordos y lagos como si alguien lo hubiese diseñado para salir bien en todas las fotos.
Dejamos la furgo en uno de los parkings o apartaderos que hay cerca del inicio del sendero (te dejamos el enlace al que usamos), y empieza el reto: Reinebringen.
No es la ruta más larga, ni la más difícil, pero sí una de las más intensas: 1.849 escalones que te llevan directo a una de las mejores vistas del viaje.
Arriba, el esfuerzo desaparece. Solo quedan montañas, agua por todas partes, Reine y una carretera que serpentea. Literalmente, una de esas vistas que no se olvidan.
Después de hacer mil fotos, recuperar el aliento y sentarte a mirar sin prisa, toca deshacer el camino Eso sí: no subestimes la bajada. Las piernas tiemblan igual que subiendo.
De vuelta abajo, cruzamos el puente para disfrutar de Reine desde la distancia. Es la postal clásica de las Lofoten y no decepciona. Damos un paseo por sus calles, respira el ambiente tranquilo y luego nos dirigimos hacia Hamnøy, donde aparcamos en un apartadero frente al mar (también te dejamos la ubicación). Ahora, caminamos hasta el puente para hacer la foto. Esa, la que has visto mil veces. Si la luz acompaña, se convierte sola en fondo de pantalla. Desde ahí, en unos 20 minutos andando llegamos a Sakrisøy, donde las casas amarillas sobre el agua le dan un toque único al paisaje.
Cuando el turismo de postal empieza a quedar atrás, nos dirigimos hacia algo muy distinto: la naturaleza más cruda.
Conducimos hasta el inicio de la ruta a Kvalvika Beach y dormimos en el pequeño parking junto a la carretera. No hay nada más alrededor, solo el sonido del viento y la promesa de una playa escondida entre montañas. Pero eso… ya es cosa del día siguiente.
Pro tip: Reinebringen es exigente, sobre todo si hay humedad. Calzado con buen agarre, agua y paciencia. Ah, y madruga: las escaleras se llenan más rápido de lo que parece.
Día 3. Ruta circular a Ryten y parada en Ramberg
Empezamos el día donde lo dejamos: en plena naturaleza y con una ruta que lo tiene todo.
Desde el mismo parking donde dormimos, comienza una de las rutas más completas de todo el viaje: la circular de Ryten. Son 10,8 km de sendero que suben, bajan y te dejan en una playa que parece de otro planeta. Todo en el mismo día.
Empezamos caminando un tramo corto por carretera, hasta encontrar el desvío que nos mete de lleno en la montaña. Te recomendamos hacer la ruta en este orden: primero la subida, después el mirador… y el broche final, la playa.
La cima de Ryten regala vistas que no parecen reales. Fiordos, picos, mar abierto… y muy abajo, escondida entre montañas, Kvalvika Beach.
La bajada es suave y la playa aparece de pronto y, es ahí, cuando todo cambia de ritmo.
Pero aquí también hay historia. En 2010, dos jóvenes decidieron pasar un invierno entero surfeando en esta playa. Construyeron un refugio con lo que encontraron. Si lo buscas bien, todavía está ahí.
¿La historia te suena a locura? Mira el documental: The North of the Sun. Está en Netflix y después de verlo, este sitio te sabrá distinto.
Pro tip: Lleva ropa de cambio si vas a caminar hasta Kvalvika. La humedad y el viento pueden jugarte una mala pasada. Y si decides buscar el refugio… no te rindas a la primera. Está bien escondido, como todo lo bueno.
Volvemos al parking, cogemos la furgo y nos movemos hacia Ramberg, un pueblo pequeño y tranquilo con una playa de arena blanca y agua turquesa que parece fuera de lugar.
Es el sitio perfecto para un paseo tranquilo, algunas fotos… y si te atreves, un baño rápido (spoiler: está helada, pero vale la pena).
Para terminar el día, nos movemos hasta Offersøykammen, donde dormimos en un parking justo al inicio del sendero de mañana. Buenas vistas, cero ruido. Te dejamos la ubicación en el mapa.
Día 4. Ofersoykammen, Haukland y Uttakleiv
Madrugar cuesta menos cuando sabes que te espera una cima con vistas al paraíso.
Empezamos el día subiendo a Offersøykammen, una ruta corta y sin complicaciones (4 km en total) que arranca justo desde el parking donde hemos dormido.
Desde arriba, se ven varias playas, montañas al fondo y hasta la cima del Mannen, si el día está despejado. No es una subida exigente, pero sí una de esas que se quedan en la memoria (y en la galería del móvil). A primera hora, lo más probable es que no te cruces con nadie y puedas disfrutar de la cima solo para ti.
Ruta hecha, vuelta a la furgo y dirección a dos clásicos imprescindibles: Haukland Beach y Uttakleiv.
Si no te importa andar un poco para ahorrarte unas coronas, aparca gratis en uno de los apartaderos antes de llegar a Haukland (te dejamos el punto exacto). Desde ahí solo tienes unos 20 minutos caminando hasta la playa. Si prefieres más comodidad, tanto en Haukland como en Uttakleiv hay parkings de pago, tú decides.
Una vez en Haukland, empiezamos el siguiente plan: caminar hasta Uttakleiv bordeando la costa. Son unos 4 km fáciles con vistas que no necesitan retoque.
El sendero va pegado al mar, entre acantilados suaves y colinas verdes. Un paseo para ir sin prisa, parar mil veces a hacer fotos y respirar ese aire que solo huele así aquí.
En Uttakleiv está prohibido volar el dron, así que toca dejarlo guardado. Aprovecha para mirar sin pantallas: el paisaje lo agradecerá (y tú también).
¿El plan para cerrar el día? Disfrutar de la playa con menos gente (si vas a última hora), o simplemente ver cómo el sol lo tiñe todo de naranja entre montañas. De esos momentos que no hacen ruido, pero se te quedan clavados.
Día 5. Un día entre surf, arte y «ciudad»
Hoy no hay rutas ni cimas, pero el plan sigue en lo alto.
Empezamos el día poniendo rumbo a Unstad, donde las olas mandan y el olor a canela compite con el del mar. Nada más salir del túnel, aparcamos en el apartadero gratuito de la izquierda (el de la derecha es de pago). Desde ahí, en unos 20 minutos andando, llegamos a la playa.
Aunque no vayas a surfear, aquí hay plan: un paseo tranquilo, el vaivén de las tablas y una parada obligatoria en el Arctic Surf Café, donde sirven el cinnamon roll más famoso de la isla (sí, también hay opción vegana). Si entras en la tienda de surf y compras algo, es probable que el café te lo regalen.
Después, toca acercarse a Henningsvær, uno de los pueblos más bonitos del archipiélago.
Aparcamos en alguno de los apartaderos gratuitos o en los parkings de pago, y nos preparamos para caminar entre 30 y 45 minutos hasta el centro del pueblo. El paseo merece la pena: calles con encanto, galerías de arte con cerámica y fotografía y, claro, el icónico campo de fútbol sobre el agua, que se ha convertido en todo un símbolo de las Lofoten.
Si llevas dron, este es un sitio obligado para volarlo.
Cerramos el día en Svolvær, la ciudad más grande de las Lofoten (aunque aquí “ciudad” sigue siendo sinónimo de tranquilidad).
Se aparca fácil, hay supermercados grandes como Kiwi y Rema 1000 para hacer compra, y también las gasolineras con mejor precio de la zona. Ideal para reponer todo: víveres, combustible y energía.
Día 6. Fløya y última noche en el norte
Penúltimo día, pero las piernas siguen con ganas.
Desde el mismo Svolvær arranca la subida a Fløya, una de las rutas más conocidas la zona. No es una ruta larga, pero sí intensa: tramos de rocas y pendiente constante. La parada estrella es la famosa de Djevelporten, una roca enorme encajada entre dos paredes que impresiona más de cerca. Si el viento lo permite y las piernas responden, puedes subirte y hacerte esa foto que asusta a tus padres.
Un poco más arriba, la cima.
Fløya regala una panorámica brutal: fiordos, montañas, mar por todas partes y Svolvæer ahí abajo, como una maqueta perfecta. No hace falta decir mucho, solo mirar.
Después de disfrutar de las vistas, nos toca volver por el mismo camino y bajar el ritmo. Damos una vuelta tranquila por Svolvær. Es pequeña pero tranquila, con ese aire de ciudad nórdica que no tiene prisa.
Ponemos rumbo al norte y conducimos hasta las cercanías de Delpne, donde empieza el camino a Matmora. Aparcamos en el parking del inicio de ruta, done pasamos nuestra última noche en las Lofoten. Silencio y la sensación de que el viaje ya va bajando el telón.
Día 7. Delpen y vuelta al sur
Último día, pero todavía queda aventura.
Desde el parking arranca una ruta corta y sencilla que nos lleva a un mirador con unas vistas que te dejan sin palabras. Aquí, el protagonista es el puente de Delpne, que parece cambiar de forma con las mareas y el paso del día. La combinación de agua, piedra y cielo hacen que el paisaje tenga algo mágico, casi hipnótico.
Es un paseo que no exige mucho y sin agobios. Ideal para parar, hacer mil fotos, y dejar que el silencio del lugar te cuente sus secretos.
Después de disfrutar de este último rincón, volvemos a la furgo y ponemos rumbo a Moskenes para coger el ferry.
El viaje se acaba, pero lo vivido se queda. Y eso ya no pesa en la mochila.