VIVIR Y VIAJAR SIN PLÁSTICO: sí, se puede (a veces)
Vivir sin plástico suena muy bien. Muy de documental con música suave, gente vestida de lino y cámaras lentas en una playa al atardecer. Pero luego estás tú, en mitad de un área de servicio, buscando desesperadamente un grifo donde rellenar tu botella mientras todo el mundo a tu alrededor abre otra de plástico de medio litro.
Spoiler: a veces no se puede. Y no pasa nada.
Porque no se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo posible. De mirar tu día a día y decir: “esto sí puedo cambiarlo… y esto otro, de momento, no”. Y ya con eso, estás haciendo más que la mayoría.
El plástico está en todas partes: en la botella, en el envoltorio del snack, hasta en ese paquete que pone “eco” y resulta ser decepcionante. Pero la buena noticia es que reducirlo no tiene por qué ser una penitencia. Con un poco de ingenio, paciencia y sentido del humor, puedes reutilizar, rellenar o sustituir muchas cosas sin perder comodidad ni convertir tu vida en una lista de reglas.
Aquí no vas a encontrar un examen de conciencia ni un decálogo de perfecciones imposibles. Esto es más bien un inventario de opciones prácticas —cosas que funcionan en la furgo, en la ciudad o en una escapada— y una invitación a probar sin agobios. Porque reducir plástico es un proceso, no una meta inalcanzable.
Lo que tienes vale más de lo que crees
Antes de correr a comprar cosas “eco” que prometen salvar el planeta, mira a tu alrededor. Seguro que ya tienes un arsenal de herramientas esperando su momento de gloria.
Los tarros de cristal que iban directos al cubo de reciclaje pueden guardar semillas, mermeladas caseras, cremas de frutos secos o snacks para picar en la ruta. Y sí, incluso esa camiseta vieja que juraste no volverte a poner: se puede transformar en bolsa de pan, bayeta multiusos o funda improvisada para proteger algo frágil en la furgo. Todo suma.
Luego están los clásicos imprescindibles: botellas reutilizables, bolsas de tela, portabocadillos y tu propio vaso de café. Lo llaman básico, nosotras lo llamamos oro puro. Organiza tu vida, ahorra dinero, evita toneladas de plástico y, de paso, no tienes que comprar nada hasta dentro de mil años. Sí, alguien puede mirarte raro cuando sacas tu taza de viaje… pero la vida es demasiado corta para preocuparse por miradas raras.
Reutilizar no es aburrido ni restrictivo. Se trata de hacer lo que puedas y reírte un poco en el camino.
El poder de comprar a granel
Comprar a granel tiene sentido: te permite llenar tus tarros con arroz, pasta, legumbres o frutos secos sin acumular bolsas de plástico innecesarias. Además, es mucho más cómodo a la hora de organizar tu despensa en la furgo o en casa.
Eso sí, no siempre es posible. No todas las ciudades tienen tienda a granel, y cuando estás de viaje puede que la opción más cercana sea un supermercado lleno de envases por todas partes. Pero hay opciones: los mercados de plaza, las fruterías de barrio o los pequeños productores locales suelen vender fruta y verdura sin envases, y también ayudan a reducir plástico sin complicarte la vida.
El granel funciona especialmente bien para todo lo que en los supermercados viene en bolsas: arroz, pasta, legumbres, frutos secos… Llenas tu tarro, tu bolsa de tela o tu tupper, y listo. Menos envase, más autonomía, y sin dramas.
No se trata de comprar todo siempre a granel ni de hacerlo perfecto. Se trata de aprovechar lo que puedes, donde puedes, y celebrar cada pequeño gesto. Cada tarro que llenas es una pequeña victoria: ayuda al planeta, te organiza la vida y encima no tienes que volver a comprar envases hasta dentro de un tiempo.
Baño sin excusas
El baño puede ser un campo de batalla de plástico, pero cambiarlo no tiene por qué ser complicado. Los jabones, champús y acondicionadores sólidos ocupan menos, duran más y no se derraman por todo el neceser… ni por la furgo. Incluso esos mini desastres que parecían inevitables se reducen a casi cero.
Los cepillos de dientes de bambú y la pasta en pastillas ocupan menos, pesan menos y funcionan igual que los de siempre.
Donde realmente merece la pena poner atención es en la higiene menstrual. La copa menstrual, las bragas de regla y las compresas reutilizables son más sanas para tu cuerpo y mucho más sostenibles. Usar la copa en la furgo puede ser un desafío: equilibrios imposibles, giros estratégicos, esquivar grifos y salpicaduras… un minuto parece complicado, al siguiente ya forma parte de la rutina. Pero todo ese esfuerzo vale la pena: menos residuos, más independencia y una sensación de control que no da ningún producto desechable.
Además, la higiene menstrual no siempre es fácil de llevar fuera de casa, pero con un poco de práctica puedes mantener tu rutina sin depender de plástico ni perder comodidad.
Al final, reducir plástico en la higiene es cuestión de hacer lo que puedas y organizarte. Cada jabón sólido, cada cepillo, cada copa o cada compresa es un pequeño logro que hace tu día a día más sencillo y sostenible.
Hazlo a tu manera
La clave está en buscar alternativas que se adapten a tu vida y a tu viaje, no al revés. No hace falta renunciar a nada ni hacer todo “perfecto”. Se trata de mirar un poco más allá de lo cómodo y descubrir opciones que funcionan igual de bien, duran más y, de paso, te hacen sentir que estás aportando algo positivo.
Sí, a veces te mirarán raro cuando saques tu portabocadillos de tela, tu taza de viaje o tu jabón sólido… pero probablemente los raros sean ellos. La gracia está en que tú sabes que cada pequeño gesto suma. Reutilizar tarros, comprar a granel cuando se puede, elegir productos de higiene más sostenibles, cuidar tu cuerpo y el planeta… todo cuenta.
Y si un día no puedes con todo, tampoco pasa nada. No es cuestión de perfección ni de extremismos. Es cuestión de dirección, de aprovechar lo que sí puedes cambiar, de adaptarte a tu vida y a tu viaje, y de sentirte bien con ello.