CUANDO LA VIDA SE DECIDE A BASE DE CARTAS Y PALITOS
En la furgo no existen los ratos muertos: siempre hay un juego a mano que nos hace reír y perder un poco la cabeza. Tenemos la baraja española y la de póquer, que sirven para todo: desde partidas improvisadas hasta decidir quién friega los platos.
El Sushi Go saca nuestro lado más estratégico y el Virus es otro nivel. Todo vale para ganar —infectar órganos, inmunizarlos o sabotear a la otra—, y la ética aquí se queda fuera de la partida. El Rummi ya es casi patrimonio de la furgo: compacto, traicionero y con fichas que siempre faltan. El Crack List nos engancha por su ritmo: decir palabras, soltar cartas y rezar para que no te toque una letra imposible. Y luego están los juegos de equilibrio: la torre de bloques que vive en caída libre y los palitos que se empeñan en desafiar la gravedad. Cada partida es un caos controlado: piezas perdidas, normas que se reinventan y risas que hacen temblar la mesa.
Pero si hay un juego que nunca falla, ese es el bingo. Sí, el de toda la vida: línea, bingo y retos. Cada cartón es distinto y está hecho a mano, porque aquí lo de imprimir no entra en el plan. Cada una prepara uno para la otra, dibuja lo que se le ocurre (y si dibuja mal, también vale escribirlo; nadie nace artista, ¿verdad?). Lo importante es que el cartón tenga vida, aunque esté hecho con boli y un trozo de papel arrugado.
Primero decidimos cuántos cuadraditos tendrá: 4×4, 5×5… lo que nos apetezca. Después llega la parte divertida: inventar cosas que la otra pueda encontrar “fácilmente” por la calle. Entre comillas, claro. Pueden ser cosas tan simples (o no tanto) como alguien comiendo un helado, una bici roja aparcada, un coche blanco mal estacionado, una persona con un sombrero o alguien con un reloj en la mano derecha. Nada imposible, pero sí suficiente para mantenernos atentas y reírnos por el camino.
Con los cartones preparados, los intercambiamos y salimos con boli en mano, listas para la aventura. A partir de ahí, todo se convierte en una búsqueda constante: miramos, observamos, señalamos. Cuando una encuentra algo de su cartón, lo canta en voz alta, la otra confirma y se tacha. Trampas: cero (aunque las risas suelen delatarnos). Cuando alguien canta línea, la otra cumple un reto; cuando es bingo, también. Y los retos van desde preparar la comida del día hasta hablar toda la semana en inglés, hacer flexiones, cocinar con una sola mano o simplemente inventarse algo en el momento. Lo importante es mantener el juego vivo.
Lo mejor del bingo es que nunca sabes qué vas a encontrar ni qué reto te tocará. Lo más obvio se convierte en un hallazgo épico, y lo inesperado aparece cuando menos lo buscas. A veces el juego dura diez minutos, otras toda la tarde. No importa el tiempo, sino las carcajadas, las miradas cómplices y ese pequeño caos que da sentido a todo.
Porque jugar en la furgo no es solo pasar el rato. Es una forma de mirar el mundo con ojos nuevos, de improvisar, de reírse juntas y de recordarnos que la vida —como una buena partida— siempre se disfruta más cuando no todo está bajo control.